Aficionados y poemas a los agaves


1. Vendedores de tragos.

Los que aman los #agaves no siempre son estudiosos de los mismos. Generalmente en las redes sociales encontramos vendedores "influencers", bartenders y hasta embajadores de marca que se autodenominan #Agavelovers. No saben de botánica, menos de la fisiología de estas plantas. Tal vez ni un libro serio han leído sobre estas plantas, su fuerte es invitar a consumir #agavespirits por ello son #agavelovers.

Los aficionados a las bebidas alcohólicas de agaves son numerosos, sobre todo los que habitan en Norteamérica, según las ventas consumen mas tequila en EUA (USA) que en México. En ocasiones estos aficionados o agavelovers se tatuan agaves y los muestran en las redes sociales con gran orgullo. Es también habitual que participen en reuniones "educativas" en México, presumiendo que saben producir #tequila, #mezcal, #raicilla, #sotol y pueden convertirse de la noche a la mañana en "maestros destiladores" y ultra-premium expertos.

Los agavelovers (generalmente bartenders de los EUA) aparecen con mucha frecuencia en redes sociales, su imagen es celebrada por otros hombres y llevan ciertos atributos que los distinguen: bigotes, barbas, sombreros, tatuajes y una "coa de jima" en mano (instrumento afilado para cosecha). Todo para (de)mostrar que han trabajado como los mexicanos que hacen estos destilados.

Teniendo experiencia en observar este tipo de "shows", puedo decir que estos viajeros la pasan bien, además aprovechan su segundo periodo de "beba tanto como pueda" en México como los "spring-breakers" (una categoría especial de visitantes de playa a México).


2. Los coleccionistas de agaves.

Si bien es cierto que en México existe una fiebre actual por tener colecciones de agaves - en destilerias, tabernas, palenques y hasta casas habitación- fuera de México también hay aficionados a las plantas suculentas en general como cactos, euforbias, agaves y aloes. Otro grupo de aficionados son los coleccionistas que sí leen libros relacionados a la taxonomía de agaves, pero que no hacen estudios de botánica. Los que tienen un gusto por coleccionar agaves en ocasiones llegan a hacer pequeños negocios donde venden sus plantas reproducidas por esquejes, semillas y hasta por cultivo de tejidos.

Los coleccionistas han ayudado de cierta manera el estudio de los botánicos, sobre todo los europeos y norteamericanos, cuyos especímenes podrían mantenerse y reproducirse después en jardines botánicos. Los botánicos mexicanos que descubren y describen agaves son los de la década del siglo XXI, con una gran mayoría de nuevas especies descubiertas en el occidente de México.

Los coleccionistas de agaves tienen gustos variados, he observado que los de Europa tienen predilección por agaves miniatura, con listas amarillas y especímenes híbridos. Si antes la gran atracción era Agave victoria-reginae ahora lo es A. albo-pilosa. Este grupo de aficionados insisto, lee y se entera para mantener sus colecciones en buen estado.


3. Los poetas.

Durante mi larga vida dedicada a los agaves he leído una serie de propuestas de poemas, declaraciones románticas, exageraciones cursis y exclamaciones comerciales que pretenden ser sinceras a estas plantas. Todo lo anterior me parece más que divertido. Desde luego podría hacerse un libro con los intentos que a veces rayan en lo cercano al "betún" de pasteles comerciales.

Los poemas que mas me han impresionado son el de Octavio Paz y uno en francés publicado a principios del siglo XVII, pero tal vez escrito mucho antes por Guillermo Du Bartas quien parece nunca estuvo en México pero tuvo que leer sobre los agaves o "metl" (agave en náhuatl).

He elegido un fragmento del poema "Entre la piedra y la flor" de Octavio Paz y lo he colocado en la imagen de este blog con una foto de Eduardo Belanzauran de Agave mapisaga (gracias por el obsequio).

Una frase que me atrae es "una fiebre acallada" (la inflorescencia) que canta solamente para anunciar su muerte, pero todo el poema es hermoso y fue escrito inspirándose en el henequén, un agave fibrero de Yucatán, pero bien puede ser planteada para un agave pulquero como el de la imagen.

Existe una canción en Yaqui traducida al inglés, que me encanta pero que requiere de un blog especial y tal vez de un podcast?

El poema de Du Bartas también requiere de una atención cuidadosa, pues está escrito en francés antiguo y se antoja más para discutirlo en un podcast de nuestra serie de Agave Lessons.


¿Le interesan los poemas de agaves?


Les deseo una agradable lectura del poema de O. Paz.


ENTRE LA PIEDRA Y LA FLOR

                  I

En el alba de callados venenos amanecemos serpientes.

Amanecemos piedras, raíces obstinadas, sed descarnada, labios minerales.

La luz en estas horas es acero, es el desierto labio del desprecio. Si yo toco mi cuerpo soy herido por rencorosas púas. Fiebre y jadeo de lentas horas áridas, miserables raíces atadas a las piedras.

Bajo esta luz de llanto congelado el henequén, inmóvil y rabioso, en sus índices verdes hace visible lo que nos remueve, el callado furor que nos devora.

En su cólera quieta, en su tenaz verdor ensimismado, la muerte en que crecemos se hace espada y lo que crece y vive y muere se hace lenta venganza de lo inmóvil.

Cuando la luz extiende su dominio e inundan blancas olas a la tierra, blancas olas temblantes que nos ciegan, y el puño del calor nos niega labios, un fuego verde cerca al henequén, muralla viva que devora y quema al otro fuego que en el aire habita. Invisible cadena, mortal soplo que aniquila la sed de que renace.

Nada sino la luz. No hay nada, nada sino la luz contra la luz rabiosa, donde la luz se rompe, se desangra en oleaje estéril, sin espuma.

El agua suena. Sueña. El agua intocable en tu tumba de piedra, sin salida en su tumba de aire. El agua ahorcada, el agua subterránea, de húmeda lengua humilde, encarcelada. El agua secreta en su tumba de piedra sueña invisible en su tumba de agua.

A las seis de la tarde alza la tierra un vaho blanquecino. Vuelan pájaros mudos, barro helado. Arrasen nubes crueles el cielo sin orillas.

Pero en la noche el agua gime. Un cielo de metal oprime pecho y venas y tiembla en el ahogo el horizonte. El agua gime entre sus negros hierros. El hombre corre de la muerte al sueño.

El henequén vigila cielo y tierra. Es la venganza de la tierra, la mano de los hombres contra el cielo.

                  II

¿Qué tierra es ésta?, ¿qué extraña violencia alimenta en su cáscara pétrea? ¿qué fría obstinación, años de fuego frío, petrificada saliva persistente, acumulando lentamente un jugo, una fibra, una púa?

Una región que existe antes que sobre el mundo alzara el aire su bandera de fuego y el agua sus cristales; una región de piedra nacida antes del nacimiento mismo de la muerte, una región, un párpado de fiebre, unos labios sin sueño que recorre sin término la sed, como el mar a las lajas en las costas desiertas.

La tierra sólo da su flor funesta, su espada vegetal. Su crecimiento rige la vida de los hombres. Por sus fibras crueles corre una sed de arena trepando desde sótanos ciegos, duras capas de olvido donde el tiempo no existe.

Furiosos años lentos, concentrados, como no derramada, oculta lágrima, brotando al fin sombríos en un verdor ensimismado, rasgando el aire, pulpa, ahogo, blanda carne invisible y asfixiada. Al cabo de veinticinco amargos años alza una flor sola, roja y quieta. Una vara sexual la levanta y queda entre los aires, isla inmóvil, petrificada espuma silenciosa.

Oh esplendor vengativo, única llama de este infierno seco, ¿tanta fiebre acallada, surge en tu llama rígida, desnuda, para cantar, sólo, tu muerte?

                  III

¡Si yo pudiera, en esta orilla que la sed ilumina, cantar al hombre que la habita y la puebla, cantar al hombre que su sed aniquila!

Al hombre húmedo y persistente como lluvia, al hombre como un árbol hermoso y ultrajado que arranca su nacimiento al llanto, al hombre como un río entre las llamas, como un pájaro semejante a un relámpago. Al hombre entre sus fines y sus frutos.

Los frutos de la tierra son los fines del hombre. Mezcla su sal henchida con las sales terrestres y esa sal es más tierna que la sal de los mares: le dio Adán, con su sangre, su orgulloso castigo.

¡Si pudiera cantar al hombre que vive bajo esta piel amarga! El nacimiento, el espanto nocturno, la vasta mano que puebla y despuebla la tierra.

Entre el primer silencio y el postrero, entre la piedra y la flor, tú caminas. Te ciñe un pulso aéreo, un silencio flotante, como fuga de sangre, como humo, como agua que olvida.

Llamas petrificadas te sostienen. Caminas entre espadas, casi invisible bajo el temblor del cielo liso, con un paso, un solo paso tierno, un leve paso de animal que huye.

Tú caminas. Tú duermes. Tú fornicas. Tú danzas, bebes, sueñas. Sueñas en otros labios que prolonguen tu sueño.

Alguien te sueña, solo. Tu nombre, polvo, piedra, en el polvo sediento precipita su ruina.

Mas no es el ritmo oscuro del planeta, el renacer de cada día, el remorir de cada noche, lo que te mueve por la tierra.

                  IV

¡Oh rueda del dinero, que ni te palpa ni te roza y te deshace cada día!

Ángel de tierra y sueño, agua remota que se ignora, oh condenado, oh inocente, oh bestia pura entre las horas del dinero, entre esas horas que no son nuestras nunca, por esos pasadizos de tedio devorante donde el tiempo se para y se desangra.

¡El mágico dinero! Invisible y vacío, es la señal y el signo, la palabra y la sangre, el misterio y la cifra, la espada y el anillo.

Es el agua y el polvo, la lluvia, el sol amargo, la nube que crea el mar solitario y el fuego que consume los aires. Es la noche y el día: la eternidad sola y adusta mordiéndose la cola.

El hermoso dinero da el olvido, abre las puertas de la música, cierra las puertas al deseo. La muerte no es la muerte: es una sombra, un sueño que el dinero no sueña.

¡El mágico dinero! Sobre los huesos se levanta, sobre los huesos de los hombres se levanta.

Pasas como una flor por este infierno estéril, hecho sólo del tiempo encadenado, carrera maquinal, rueda vacía que nos exprime y deshabita, y nos seca la sangre, y el lugar de las lágrimas nos mata.

Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.

                  V

Dame, llama invisible, espada fría, tu persistente cólera, para acabar con todo, oh mundo seco, oh mundo desangrado, para acabar con todo.

Arde, sombrío, arde sin llamas, apagado y ardiente, ceniza y piedra viva, desierto sin orillas.

Arde en el vasto cielo, laja y nube, bajo la ciega luz que se desploma entre estériles peñas.

Arde en la soledad que nos deshace, tierra de piedra ardiente, de raíces heladas y sedientas.

Arde, furor oculto, ceniza que enloquece, arde invisible, arde como el mar impotente engendra nubes, olas como el rencor y espumas pétreas. Entre mis huesos delirantes, arde; arde dentro del aire hueco, horno invisible y puro; arde como arde el tiempo, como camina el tiempo entre la muerte, con sus mismas pisadas y su aliento; arde como la soledad que te devora, arde en ti mismo, ardor sin llama, soledad sin imagen, sed sin labios. Para acabar con todo, oh mundo seco, para acabar con todo.

Octavio Paz (Yucatán, 1937).


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